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miércoles, 18 de diciembre de 2013

El estrés es tu amigo

Busca la palabra estrés en Google. Los resultados son tan variados como deprimentes. Hay millones de estudios, de artículos, las revistas no dejan de hablar de ello. Estrés por aquí, estrés por allí... Como mucho porque tengo estrés, como poco porque tengo estrés... Me mato a hacer ejercicio porque tengo estrés, fumo como un carretero porque, es que tengo estrés... El estrés es descrito como la enfermedad del siglo XXI, como emoción negativa, como fuente y causa de múltiples enfermedades físicas como tumores o trastornos digestivos, así como de trastornos psicológicos, siendo ejemplos depresión, ansiedad, anorexia o bulimia.

Demasiado negativismo, como siempre. ¿Qué ha pasado este último siglo con la fama negativa e innecesaria que se le ha dado a la palabra "estrés"? Concepto que por cierto, ni se conocía hace siglo y medio. ¿Por qué ha sido generado ese miedo, esa mala relación, esa evitación a toda costa, de una emoción que no solo generamos voluntariamente (la sociedad capitalista es algo inventado por el ser humano, verdad?) sino que es total y absolutamente natural y forma parte de nuestro amplio repertorio de emociones?

Hace poco pude ver un vídeo que por fin corroboró mis sospechas y ya fundamentadas creencias. Kelly McGonigal, psicóloga americana de la Universidad de Stanford, realizó un estudio que apoya mi crítica a las creencias sobre el estrés (exactamente igual que critico algunas creencias sobre el síndrome de Burnout) y presentó los resultados en una charla que ha sido publicada en la famosa comunidad virtual de TED. A los profesionales de la salud, a las industrias farmacéuticas, a los políticos, a demasiada gente con poder hoy en día, les conviene que se atribuya al estrés un significado alarmantemente negativo. Si existe estrés, aumenta la susceptibilidad de ser manipulado, es un producto, un estado creado en las personas que genera una necesidad que no existía, una necesidad fantasma de ayuda, de demanda de soluciones. Pero esto no es nada novedoso en la sociedad, sucede de hecho con excesiva frecuencia, crearte necesidades que no tienes para luego ofrecerte soluciones.

Así es cada vez mayor el número de personas que buscan esta palabra en el buscador más potente de todos los tiempos, que en mi humilde opinión, no solo es potente sino también injustamente poderoso. El estrés es pues, el enemigo. Ese estado que nunca queremos tener, y que paradójicamente tenemos constantemente.

Es por tanto importante, o al menos considero yo importante, propagar este conocimiento y ponerlo al alcance de todos de forma gratuita, altruista, sin otro objetivo que no sea el de ayudar a vivir un poquito más felices (y menos estresados, claro).

Pues bien, precisamente caer en esa trampa, en esas redes, de vivir evitando el estrés, genera en sí estrés. Es el comunmente llamado "miedo del miedo". Son las creencias que han sido lentamente incorporadas e incluidas en tu sistema natural de creencias, las que te producen ese estado que de forma mantenida y a largo plazo desencadena efectivamente en enfermedades manifiestas.

Es curioso como además aquél que vive relajado y sin estrés, está socialmente visto como "empanado" o vago, desde luego da qué pensar. La vida no tiene por qué ir más deprisa de lo que uno quiere que vaya, no hay prisa, la prisa (me puedo imaginar que la palabra prisa viene o está relacionada con la palabra presión) nos la damos nosotros porque así lo decidimos, porque vida hay de sobra para hacer todas las cosas que queremos hacer.


En mi opinión el estrés es algo así como un amigo que te está avisando de que deberías hacer algo o de que algo no va bien. Una especie de rescatador muy pesado. Y como nos han enseñado que es malo y que es el enemigo, le oímos pero no le escuchamos, pasamos de él, huimos, y entonces sigue molestándonos en el tiempo, insistiendo hasta que le hagamos caso y le escuchemos.

Es por tanto quizás algo más efectivo, cambiar esas creencias y aceptar al estrés, darle la bienvenida y preguntarle por qué ha venido, qué tiene que decirnos. En cuanto notes algunos síntomas físicos o psíquicos (problemas de sueño, apatía, tristeza, frustración, ansiedad, síntomas somáticos como granitos, eccemas, trastornos gastrointestinales entre muchísimos otros muy diversos) pregúntate por qué podrías estar así. Identifica. Prioriza. Actúa. Proponte metas reales y alcanzables. No procrastrines. Dedícate tiempo a tí, a tus hobbies, elige estar solo. Que la soledad no te elija a tí, pues es entonces cuando se deja de disfrutar. Relájate, borra de tu lista aquellas cosas por hacer que realmente no eran tan importantes. Ríete y sonríe, aunque no tengas ganas. Si no consigues algo que te has propuesto, piensa en todo lo que has aprendido durante el camino.

Y sobretodo, sobretodo... Que no te estrese el estrés.

Escúchale, y verás como desaparece...



!Hasta muy pronto!



"Primero no preocuparse por las cosas pequeñas y segundo, recordar que casi todas las cosas en esta vida son pequeñas" (Adam J. Jackson)

"Tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto" (Henry Ford)




miércoles, 14 de agosto de 2013

¡Gracias por la música!

Casi todo aquello que intenta producir un cambio en nuestro cerebro e introducir en él sensaciones o modular nuestras emociones, lleva consigo una banda sonora. Una película, la radio, un programa de televisión, una clase de yoga y meditación, incluso el camino rutinario hacia nuestro lugar de trabajo.


Si estamos tristes, nos tumbamos en la cama a escuchar música melancólica para canalizar nuestros pensamientos y emociones de tristeza. A algunos incluso les facilita soltar un par de lágrimas, y sin música quizás no podrían. Por otro lado, si estamos activos y llenos de energía, buscamos escuchar música que nos incite a bailar, movernos y potenciar ese estado de alegría. ¿Vamos a salir un viernes por la noche? Ya desde por la tarde nos estamos activando con música apropiada a un volumen considerable para ponernos en "modo fiesta". Pero, ¿por qué tiene la música un poder tan extraordinario sobre nosotros? ¿van nuestras emociones siempre acorde al tipo de música que estamos escuchando o es precisamente al contrario? ¿por qué acudimos a ella como reguladora de emociones y de nuestro estado de ánimo? Nos rendimos ante ella y nos dejamos modificar por ella, como si de un taller se tratase.

Antes que comenzar a contar nada, tengo que justificar brevemente el título de este artículo, pues además de ser una fanática de casi todo tipo de música y de tener la suerte de haber heredado una sensibilidad acústica bastante destacable (aunque en mi caso he dirigido este don más bien a los idiomas; tocar un instrumento por desgracia no sé, aunque nunca digas nunca), creo que muchos de vosotros os sentís también agradecidos. ¿Gracias por qué? Gracias a todos los cantautores, compositores, cantantes, grupos, pianistas, violinistas y una innumerable lista de artistas relacionados con el mundo de la música a lo largo de la historia por haber aportado su creatividad, su don, su sensibilidad y en definitiva su música, que juega un papel tan importante en la vida de las personas. Pues, que alguien me explique qué sería de la humanidad sin bandas sonoras como las de obras de arte como La lista de Schindler o Lo que el viento se llevó. Que alguien me explique qué sentido tendrían las reuniones sociales como bares y discotecas, conciertos, fiestas, cenas o barbacoas sin música "de fondo" que amenicen el ambiente; qué haríamos sin villancicos o sin canciones infantiles. Qué ducha más aburrida si no nos pusiéramos a pegar voces o cómo sería de monótona la limpieza de la casa en silencio absoluto. Qué haríamos sin música clásica o chill para relajarnos o sin rock & roll para descargar nuestras emociones más intensas. Cómo iríamos por las mañanas al trabajo o a la universidad después de una noche de dormir poco y sin música en la radio del coche o en el iPod (o iPhone). El silencio es igualmente necesario por supuesto, pero tras un largo tiempo sin escuchar música, la necesitamos, la buscamos. Si no tenemos oportunidad de escucharla, la cantamos (se nos de bien o mal).

No hay que subestimarla, es tan imprescindible, que su ausencia perjudicaría gravemente nuestra salud.

E igual que su ausencia perjudica, su presencia mejora la salud física (pues algunos tipos incitan a bailar) y mental. Tanto es así, que la música se encuentra incluida en la psicoterapia, utilizada a día de hoy como método terapeútico, recibiendo éste el nombre de musicoterapia.

La práctica está extendida actualmente en todo el mundo, siendo avalado su éxito mediante numerosos estudios y existiendo incluso carreras y postgrados de esta ciencia (el primer país que contó con estos estudios fue Argentina). España ha sido sin embargo uno de los países que se ha mantenido más escéptico o al margen del uso de este método.

¿Qué es la musicoterapia y de dónde surge?

La musicoterapia es el manejo de la música y sus elementos (ritmo, melodía, sonido y armonía) para promover la comunicación, el aprendizaje, las relaciones, la expresión, la organización, un estado de ánimo positivo, el movimiento y otros objetivos variados, para mantener las necesidades físicas, emocionales, sociales y cognitivas satisfechas.
El musicoterapeuta es una persona cualificada que suele trabajar con grupos o a nivel individual. Es importante diferenciar entre musicoterapia y educación musical, teniendo esta última la música como fin último y no como instrumento para tratar enfermedades o trastornos físicos y mentales.

Su origen se remonta a la prehistoria. En los ritos mágicos y de curación de aquel entonces ya se utilizaba música como fondo. Pero esto no lo podemos entender todavía como musicoterapia. Sería entonces más bien en la época de los
egipcios 1.500 a.C., en los papiros encontrados en la ciudad de Kahum en 1889, donde se hace alusión a la música como agente capaz de curar el cuerpo y el alma.
El primer relato sobre aplicación de musicoterapia es un poco después, por el pueblo Hebreo, que utilizaba este método en el tratamiento de problemas físicos y mentales.
Los primeros fundamentos científicos se escribieron en la antigua Grecia, destacando pensadores de la época como Pitágoras, Platón y Aristóteles.
A partir de aquí la música como forma de psicoterapia en enfermedades físicas y mentales ha ido evolucionando a lo largo de la historia (no me voy a detener en ello porque podría escribir diez artículos) y a día de hoy existen estudios que demuestran claramente los beneficios y mejoras tras este tipo de terapia.

El efecto terapéutico de la música

Se ha mostrado a través de innumerables estudios científicos su enorme eficacia en niños con trastorno autista (otro tema muy interesante para un próximo artículo es el efecto terapéutico de los animales de compañía), siendo en éstos hasta hoy su aplicación más frecuente, mejorando notablemente sus habilidades comunicativas.