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sábado, 22 de octubre de 2016

Por qué nos gusta tanto HALLOWEEN

Cuando yo era pequeña, en España casi nadie celebraba la noche del 31 de Octubre como tal. De toda la vida celebrábamos el 1 de Noviembre como día festivo, conocido como el Día de todos los Santos, o difuntos. Halloween como tal, tradición originariamente pagana se celebraba la noche del 31 de Octubre sobretodo en la esfera anglicana (Estados Unidos, Inglaterra, Irlanda o Canadá), empleando símbolos como la calabaza (desconozco todos los detalles del origen de la calabaza como tradición aunque deduzco que será porque es la época estacional de esta verdura), los fantasmas, las brujas, y otros personajes fantásticos.

El morbo que produce el miedo, el terror, el pánico, ha ido in crescendo y ha ido ganando seguidores de todo el mundo, extendiéndose la fiesta de Halloween como una especie de virus por miles de países del mundo en las últimas décadas. En la década de los 90, a mis siete u ochos años ya empezamos a celebrarlo también en Madrid. Los primeros años, viendo películas de terror, disfrazándonos y yendo por las casas pidiendo caramelos. No todo el mundo conocía la fiesta y sobretodo las últimas generaciones muchas veces nos miraban desconcertados cuando abrían la puerta y nos veían de esa facha. Me acuerdo de un año en el que me disfracé del personaje de Scary Movie con una careta que echaba un líquido creando efecto "sangre", y yendo casa por casa, un abuelito nos abrió su puerta y tras mi terrorífico "bu" de niña pueril ingenua e inocente, éste se cayó de espaldas del susto -literal- y miraba al infinito muy afectado. Yo me quité la careta rápido traumatizada, no fuera que a aquel abuelito le diera un infarto esa noche por mi culpa. Mis amigas me miraban con cara de: "¿Qué has hecho?" y mi sentimiento de culpabilidad iba creciendo por segundos. Al verme el señor, se le fue pasando el microinfarto y nos preguntó por qué íbamos así vestidas. "¡Es Halloween!" "Jalo ¿qué?". Ni idea.

domingo, 6 de septiembre de 2015

La vida moderna y la felicidad

A veces, la mejor inspiración llega cuando uno guarda silencio y observa. Esto es a veces complicado en un mundo en el que el móvil te bombardea a whatsapps cada pocos segundos, en el que tenemos una agenda tan cargada que "no nos da la vida", y en general, en el que recibimos tantos estímulos que apenas queda tiempo para pararse a pensar. En el mundo de los blogs o "blogosfera", como lo suele llamar la gente de este mundillo, si no tienes nada bueno que contar, mejor quédate en silencio o publicarás basura. Mejor calidad que cantidad, sí, y en eso me baso para argumentar mi silencio de estos últimos meses en el blog.

Durante los meses que he estado en Brasil (cuatro y medio exactamente), he podido pararme a observar algunas cosas. Con apenas conexión a internet y una rutina llevada lo mejor posible en una ciudad inhóspita como es Brasília, además de la experiencia maravillosa que es viajar, conocer gente, aprender un idioma y conocer la psicología desde la perspectiva de un país, sociedad y cultura diferentes, he tenido una cantidad inmensa de tiempo para estar conmigo misma. 

Ha sido una experiencia muy positiva, no os voy a engañar, pero también me he enfrentado a algo que no esperaba jamás que me podría pasar. Alrededor del tercer mes, creo que coincidiendo con el fin de la visita de mi novio, empecé a notar un cambio en mi estado de ánimo. Estaba triste. Pero no triste de un día de bajón, no. Estaba triste triste. De esta tristeza que piensas que desaparecerá mañana pero que amanece de nuevo contigo día tras día.

Aparte de que esa situación me sorprendiera por completo, pues me considero una persona feliz, sentirse una así siendo psicóloga supone una responsabilidad enorme pues, ¿qué voy a predicar yo y a quién voy a ayudar si no soy capaz de ayudarme a mí misma? (Sí, esa es la presión con la que vivimos los psicólogos, parece que se esperara de nosotros que seamos máquinas en vez de personas). Y ahí comienzan las autoexigencias y las preguntas: "¿Qué me pasa? ¿Por qué me siento así?", "no debería estar sintiéndome así", "yo debería saber cómo sentirme mejor", "no tengo derecho a estar triste, pues tengo mucha suerte de estar aquí y debería estar agradecida". Y empieza la desesperación, pues por más que luchas contra esa emoción poniendo en práctica todos los recursos que conoces, no desaparece. Te sientes mal por sentirte triste, y eso entristece todavía más. "¿Tendré una depresión? Venga ya... cómo voy a tener yo una depresión...". Lo único que sé, es que sólo quería volver a Europa, echaba demasiado de menos mi vida allí y mi propia negatividad me estaba haciendo insoportable la vida.

El miedo y la tristeza, dos de las emociones representadas
en la película de Pixar.
Así pasé el último mes y pico. Pues hace poco, al volver a Múnich, me recomendaron la película de "Inside Out" (buenísima, definitivamente, no solo para niños, sino también para adultos) en la que explican el funcionamiento de la mente humana de una forma muy simple y muy didáctica. Entre algunos de los mensajes que envía la película, se encuentra el de que la tristeza no es mala, forma parte de nuestro repertorio de emociones y es tan necesaria como todas las demás. Y ahí mi mente hizo "click", y sentí un absoluto alivio.


La vida moderna y la obsesión por la felicidad

Dos semanas atrás empecé a trabajar en la unidad psiquiátrica de un hospital aquí en Múnich y una tarde, al llegar a casa, encontré un paquete de Amazon encima de la mesa del salón. Era para mí. Pensé que era una luz para la bici que había pedido y al abrirlo me encontré una sorpresa que me había enviado mi mejor amiga, así, porque sí. Era lunes y había trabajado hasta las diez de la noche así que os podéis imaginar la alegría que me dio recibir un regalo inesperado. Era un libro. Al principio no entendía mucho el motivo, pero al comenzar a leerlo fui entendiendo el mensaje. 

La autora, entre otras cosas, hace una crítica a la vida moderna gobernada por los Smartphones, Internet y sus redes sociales. La crítica se centra en la imperiosa necesidad que se nos ha creado a las personas de compartir cada momento de nuestra vida con el resto de la humanidad. Facebook, Instagram, Pinterest, Twitter... y no solo de compartir cada momento, no. Porque no compartimos los momentos de aburrimiento en el trabajo o las interminables horas estudiando en la biblioteca. No compartimos fotos del momento esperando en la sala de espera del médico hora y media o madrugando para ir al trabajo comiéndote dos horas de atasco y lluvia, pitando como un loco y llamándole cosas bonitas al conductor de enfrente. Eso no le interesa a nadie. Compartimos momentos en los que se nos ve felices, da igual, aunque no lo estés especialmente, hay que venderlo. Parece una especie de competición: A ver quién está más feliz y quién tiene una mayor calidad de vida. De alguna manera buscas que las personas, aunque no te importen un pimiento, piensen en lo increíble que es tu vida y en cómo les gustaría hacer lo mismo que tú, y que además te lo demuestren con un like que llene tu ego de orgullo y satisfacción. Un buen desayuno, vacaciones en la playa, lo bien que te lo has pasado con tus amigos de fiesta, los regalos que te han hecho por tu cumpleaños... 
Lo curioso es que no estás solo en este duelo de egos, pues la mayoría de tus contactos se dedica a hacer lo mismo, con exactamente la misma esperanza de suscitar... ¿envidia? ¿aprobación? ¿agrado? ¿conseguir popularidad? 

¿Por qué no dejamos de comportarnos como gilipollas? Para que ya hay gente que invierte más tiempo en compartir su vida que en vivirla, que vive más para los demás que para sí mismos y algunos están empezando a perder pelín el norte, sin mencionar a aquellas personas que además viven de ello. ¿Se nos está yendo un poco de las manos? ¿Por qué no dejamos de intentar vender algo que sabemos que no existe? ¡Nadie se siente feliz las 24 h del día! Los seres humanos tienen muchas emociones, y parece que esta nueva vida moderna en la que vivimos nos exige tanto ese estado permanente de felicidad, que empieza a parecer un orgasmo. Si no consigues tener uno, lo finges, y si no te sale ni sentirlo ni fingirlo, te sientes peor por no conseguirlo. 

Para colmo las nuevas empresas utilizan como producto la felicidad y letras características para apoyar este movimiento obsesivo pro-felicidad con frases como las siguientes:


























Son frases motivadoras y muy útiles para días tontos, para momentos de debilidad, yo misma las he publicado en alguna ocasión, pero estamos tan empachados de ellas por tanta difusión en redes sociales y por ese abuso de ellas en el marketing, que luego pasa lo que pasa, llega un día la tristeza y no la recibimos con naturalidad sino que parece que fuese algo malo e inhumano. La reprimimos, la ignoramos, la penalizamos. ¡Vete! ¡Que yo estaba muy feliz en tu ausencia! Pero la tristeza quiere ser escuchada, porque tiene un motivo por el cual ha aparecido.

"Tienes que sentirte feliz" "Sé feliz y harás feliz a los demás", "Si vas a derramar alguna lágrima, que sea de felicidad", "Sonríe y sé feliz", "Sé tú mismo, sé feliz", "Lo que decidas hacer, asegúrate que te haga feliz", "10 pasos para ser feliz", etc. ¿Os habéis dado cuenta de que casi todas son lecciones, frases, con voces imperativas? Haz esto, haz lo otro. ¡Qué agobio! Yo no sé vosotros, pero yo no soporto que me digan lo que tengo que hacer, que me obliguen a sentirme de una determinada manera, y menos sin preguntarme si realmente me apetece en ese momento sonreir o estar contenta.

Igual deberíamos ser más conscientes de que sentir tristeza durante días, semanas o una época es humano, es bueno, es necesario y tiene un motivo, una función. Es útil y qué narices, ¡desahoga que te mueres! Es un estado psicológicamente muy saludable y generalmente suele ser transitorio. Es importante tener presente esto último también. Todo llega y todo pasa. Solo si la época se prolonga más de tres meses (es lo que dicta el manual de diagnósticos de salud mental como tiempo de alarma) es cuando podemos empezar a pensar en un trastorno del estado de ánimo y pedir ayuda, sobretodo si no hay un motivo localizado o identificado por el que sentirse así. ¿Pero si no? ¡Entristécete a gusto! Y permítete sentir... No hay nada más obstaculizante que atascarse en la pregunta "¿Por qué me siento así?" y en las autoexigencias. 

Hay días aburridos, acontecimientos tristes, peleas, discusiones, malas contestaciones, trabajos mediocres, injusticias, frustraciones, fracasos y más fracasos, que te harán sentir triste a lo largo de tu vida. Aprender a convivir con la tristeza natural que causan todas esas cosas es la verdadera puerta a nuestra felicidad.

La palabra "felicidad" perdería su sentido
si no estuviera equilibrada por la tristeza.



¡Hasta muy pronto!








p.d. Este artículo en defensa de la tristeza me ha recordado a este otro haciendo una defensa en toda regla del estrés... desmantelando el tabú de las emociones negativas, pues en el equilibrio se encuentra la clave: El estrés es tu amigo

martes, 15 de abril de 2014

El poder de la compasión


Uno de los valores que nos enseñan las diferentes religiones desde que somos pequeños es el de la compasión.
 La compasión es la actitud espiritual propia y uno de los núcleos esenciales del budismo, es la llamada misericordia por la religión judeo-cristiana y un valor fundamental del islamismo, entre otros.
Cuando hablamos de compasión no podemos dejar de pensar en empatía, en ayudar al prójimo, en sentir pena o lástima. No podemos dejar de asociarla a sufrimiento, a pobreza, a desigualdad, a injusticia. Todos perseguimos experimentarla y muy pocos desean que la sientan por ellos.

Pero hoy voy más allá. 


Compadecer a otros o ser compadecido no se limita a sentir pena por el prójimo, a entender cómo se siente, a querer ayudar al otro. Estas son vagas definiciones que merecen ser profundizadas, sobretodo si estamos implementando este concepto en una rama de la psicología contemporánea tan importante y con tanto potencial como es la psicología positiva.

Qué es la compasión

No creo que la palabra compasión sea para nadie una palabra desconocida. Sin embargo, sí creo que el significado de esta palabra es desconocido para muchos, o por lo menos confuso. Para empezar a entender qué es, la compasión puede ser definida como una emoción, y pertenece al grupo de emociones positivas.

Una persona puede entrenar y practicar la experiencia de esta emoción a lo largo del tiempo y convertirse así en compasiva.

Una persona compasiva experimenta la compasión como un sentimiento (una emoción que permanece en el tiempo) que incluye empatía, es decir, el entendimiento del estado emocional del otro, pero es más intenso que ésta, y se manifiesta a partir del sufrimiento de otra persona, dirigiendo la motivación del ser compasivo a realizar acciones y conductas que alivien ese sufrimiento. 

Además, existe una estrecha correlación entre felicidad y compasión. No existe gente egoísta feliz. Si piensas en personas que conozcas que sean verdaderamente felices, podrás observar que entre sus características están el altruismo y la generosidad.

Entonces, ¿la compasión se traduce en ser generoso y altruista? No exactamente. Éstas son características de la compasión, pero no son sinónimos, pues existen personas generosas o altruistas y no por ello han de ser compasivos. Igual que compasión incluye empatía pero no es sinónimo de ésta.


El arte de ser compasivo

La compasión nos es enseñada a nivel teórico desde la ética y las diferentes religiones pero desde un modelo de conducta social, pues el entorno nos muestra modelos a copiar muy lejanos a la compasión. Y el ser humano aprende en gran medida por observación, también llamado aprendizaje vicario. Nos son transmitidos otros valores muy diferentes, el mundo social en el que nos desenvolvemos es entre otras cosas frívolo, individualista, materialista, y promueve el egocentrismo.

Cuando caminamos por la calle y descubrimos un parque con flores, observamos a las diferentes personas que caminan, vemos un pájaro que se posa en una rama, tendemos a mirar todo ello cegados por el hedonismo que inunda nuestro mundo social y emitimos un juicio acorde a ello. Solemos clasificar lo que percibimos a nuestro alrededor con un "me gusta" (en plan Facebook) o un "no me gusta" (el otro botón que se lleva ya tiempo pidiendo. Zuckerberg... ahí lo llevas). 

Adaptamos el medio a nuestras necesidades. En pocas ocasiones nos paramos a pensar y percibimos de lo observado aquellas necesidades que necesitan ser satisfechas. 

A qué me estoy refiriendo, te cuento. 

Imagina uno de esos días en los que esperas en la cola del supermercado. La cajera no sólo es desagradable a la vista, con esas mechas mal dadas, ese maquillaje exagerado y ese modo ordinario de mascar chicle con la boca abierta, sino que derrocha antipatía con cada cliente que pasa. Sus miradas, sus gestos y su conducta empujan a nuestra mente a emitir un juicio inmediato y sin retorno: "no me gusta", y clasificamos a la cajera en este cuadrante. Es más que probable que la mayoría de las personas que toman contacto con ella ni le miren con el fin de evitar un momento no agradable, o que lo hagan con indiferencia, incluso de forma poco amigable, reflejando el desagrado que perciben y siendo coherentes con el (pre)juicio emitido. ¿Qué ocurriría si al pasar por caja le dedicáramos a esta persona la mejor de nuestras sonrisas? Haz la prueba. Pocas personas reaccionan mal a un gesto amable, a una sonrisa, a un "que tengas un buen día". Es bastante probable que esa mujer que trabaja con cara de bulldog francés sea de las personas que más necesiten ese día un feedback positivo. Has podido percibir e identificar su necesidad, luego has practicado la compasión.

Sé la acción en tu medio, no la reacción a él.

Otro ejemplo. Todos conocemos a la mítica persona con dificultades de interacción social. Aquellos percibidos como "raros", esos que por más que ponen de su parte no consiguen integrarse en un grupo de amigos, de colegas de trabajo o de compañeros de piso. De nuevo pulsamos automáticamente el botón de "no me gusta", pues la mera presencia de estas personas y sus comentarios inapropiados generan momentos incómodos, desagradables, lo que desencadena una situación o reacción de rechazo. El hedonismo nos ha cegado de nuevo. Esa persona "rara" no encaja con nuestro estándar de normalidad social, luego lo expulsamos de nuestro entorno casi inconscientemente. Se deja de llamar a esa persona, se mira mal, se contesta de manera antipática o arrogante, se desprecia. 
Pero reflexiona un segundo las consecuencias. La inmensa mayoría de las veces lo que ocurre es esto: Si una persona tiene una actitud o conducta inapropiada y no encaja en los diferentes círculos sociales, genera rechazo. Este rechazo es percibido por la persona, que busca desesperadamente abolirlo y tener la oportunidad de ser aceptado por el círculo social, y no dudará en desplegar sus recursos para intentar por otra vía lograr su objetivo. Por algún motivo que creo ya te imaginas, una persona con un bajo dominio de las habilidades sociales buscará de nuevo alternativas inapropiadas que le harán parecer todavía más "raro" y que posiblemente provoque la recepción de más y más rechazo, entrando en una espiral de rechazo de la que por desgracia es demasiado complicado salir (como de cualquier espiral).

Esta espiral suele desencadenar en trastornos afectivos, en fobias, puede dar lugar a una introversión del individuo, a autojuicios negativos, baja autoestima, autoconcepto poco realista, a la evitación o huida de situaciones sociales por miedo al rechazo, etc.

La mayoría de las personas con dificultades en las relaciones sociales, son personas con una mayor necesidad de aceptación y de afecto. Quien practica la compasión, sabrá identificar esas necesidades y estará dispuesto a satisfacerlas con una actitud abierta, tolerante, de aceptación y reconocimiento, con elogios, con acercamiento. El individuo con dificultad se sentirá por tanto aceptado y cómodo en ese ambiente social, podrá ser así él mismo y podrá sacar lo mejor de él sin temor a ser rechazado. Haz de nuevo la prueba y sé compasivo con aquellos que tienen menos habilidades. Habrás cortado la pescadilla que se muerde la cola, y ahora esa pescadilla podrá nadar libremente en el océano.

Como ves, la compasión no es solo practicable en el tercer mundo sino que puede ser puesta en práctica en las diversas situaciones de la vida cotidiana. De nada sirve que vayas a un pueblo perdido de la India a ayudar a quienes más lo necesitan, si no ayudas a quienes te rodean en tu vida diaria y necesitan de tí.

Es posible que a través de los ejemplos hayas sido capaz de elaborar inductivamente el complejo concepto de compasión y de haberlo digerido, incluyéndolo en tu colección mental de emociones positivas, junto a la gratitud y al optimismo.

Y este era mi objetivo de hoy...

Así que te dejo, que tengas un buen día, me quedo satisfecha de haber practicado la compasión contigo enseñándote un concepto necesario e imprescindible para experimentar felicidad, que es una de las necesidades vitales básicas de todo ser humano, y cuya ausencia genera más sufrimiento.


¡Hasta muy pronto!


"Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite" (Robert Louis Stevenson)



Si te interesa saber más sobre compasión, te recomiendo esta conferecia de TED:


y este documental de REDES:

Compasión para vivir

lunes, 24 de febrero de 2014

Carnaval, carnaval... Carnaval, te quiero.

Esta semana termina Febrero. Con él, terminan otras cosas. El frío polar (aunque este año no nos podemos quejar) o las escasas horas de luz del día son algunos ejemplos. Por otro lado da la bienvenida al mes de marzo y a su primavera mediante una celebración anual: el carnaval. Yo que he crecido ajena a esta festividad caminaba ignorante el viernes noche por Múnich con mi pareja y me sorprendió mucho ver a dos personas en la entrada de un restaurante, fumando. "¿Pero tú has visto cómo va esa mujer, con el frío que hace?" "Creo que va disfrazada. Y el marido va de chulo..." "¿Hay una fiesta de disfraces o algo así?" "No, me parece que esta semana empieza carnaval". Y es entonces cuando me doy cuenta de que efectivamente, somos los únicos paseantes disfrazados de nosotros mismos.

Sí, es carnaval. Mucha gente lo vive, lo disfruta, lo sufre, lo siente. Y yo lo observo. Me disfrazo con muchísimo gusto, de hecho el día de mi cumpleaños va a coincidir con el domingo antes de carnaval así que me imagino que ambas razones van a ser un cocktail peligrosamente potente de celebración.
Por todo el ambiente festivo que rodea mi rutina esta semana, quiero dedicarle un espacio pequeño y acogedor en el blog a esta fiesta pomposa y poco discreta. Pero desde el punto de vista psicológico claro (en este caso de la psicología social). No vamos a perder el norte.

Múnich no es precisamente una ciudad en la que el carnaval se celebre con especial devoción como pueda ser Colonia, Cádiz, Venecia,Tenerife o Río de Janeiro. Es sin embargo una oportunidad que muchos utilizan a pesar de no vivir en la ciudad idónea, para dar rienda suelta a sus represiones, como diría Freud. Así podemos ver como algunas personas desplegan su enorme sentido del humor y lo comunican a través de disfraces irónicos, graciosos, extrovertidos. Otros aprovechan para llamar la atención eligiendo disfraces exuberantes, extravagantes, muy llamativos. Y otros transmiten su hostilidad a través de disfraces agresivos, impactantes. La gama de personajes y objetos a imitar es extraordinariamente variada. Alguna hay por ahí que también aprovecha la ocasión para expresar sus represiones más íntimas en forma de destape.

En carnaval, todo vale.

jueves, 20 de febrero de 2014

¿La inteligencia predice el éxito en el amor?

Que poseer un alto nivel de inteligencia es requisito imprescindible para llegar a tener éxito profesional, no es ningún secreto. Sin embargo la inteligencia no es una característica directamente observable o medible en las personas, como el peso o la talla.

Digamos que el concepto de inteligencia, que ha sido diversamente definido a lo largo de la historia, se acerca mucho más a un constructo hipotético. Los psicólogos llevan desde hace décadas intentando hacer medible la capacidad mental, de manera que pueda conocerse con precisión el nivel de inteligencia de una persona. Y es por el reconocimiento evidente de la inteligencia como uno de los aspectos más importantes de la personalidad, así como por su importancia como predictor del éxito en diferentes ámbitos de la vida, por lo que se ha buscado y se sigue buscando, la manera de medirla de forma indirecta a través del desarrollo de una amplia variedad de tests y otras técnicas de evaluación psicológicas.

¿Y qué decir de su influencia en el amor, que es además del trabajo, probablemente una de las áreas más importantes de nuestra vida? ¿Es también la inteligencia un predictor del éxito en este ámbito? Esta suposición es de por sí bastante poco romántica. Parece como si se estuviera intentando encontrar la fórmula para calcular desde el inicio de una relación la probabilidad de éxito o fracaso, los obstáculos que sucederán en el futuro o las conductas de ambos así como su interacción y dinámica. Pero sí, la psicología investiga un concepto desde la década de los 90 que puede ser entendido como el equivalente al IQ (el conocido coeficiente intelectual) en el área emocional. Estamos hablando de la ya de sobra conocida inteligencia emocional, un constructo introducido en 1990 por los americanos John D. Mayer y Peter Salovey.

domingo, 2 de febrero de 2014

No tengas miedo del miedo.

Esperar a que las cosas sucedan es como no salir de la cama y contemplar el día pasando hasta su fin. Yo decidí hace tiempo que debía tener algo siempre claro: Si quiero algo, tengo primero que reconocerlo, expresar que lo quiero, luego buscar la vía, planificar la actuación y luego ir a por ello. Y no siempre en ese orden. Todo aquello que quería iba a perseguirlo además con perseverancia. Y mi experiencia ha ido confirmándome eso que siempre escuché, sospeché pero nunca creí: que el que lo sigue lo consigue.
Pero no basta con seguirlo y quedarte observando. HAY QUE ACTUAR. Introducirte en tu meta, hacerla tuya antes de que realmente lo sea.
No sé si me entendéis. Para conseguir algo primero hay que verse en/con ello. Dar por hecho que eso va a ser así, porque tú así lo quieres.

Hasta ahora mal del todo no me ha ido, estoy donde quería estar, y acepto la responsabilidad de que mi vida esté tal y como yo la he construido.

Caminar tomando la vida con humor es esencial y más aún ejercer una virtud que pocos cultivan y que es fundamental para la aceptación y en definitiva para ser feliz, la flexibilidad, al fin y al cabo, los fracasos se inventaron para aprender y como dice siempre mi amor, todo tiene solución menos la muerte.

Somos personas activas, nacemos con un cerebro, extremidades, boca y voz. Tenemos las herramientas adecuadas para pensar, actuar y comunicar. ¿Quieres algo? Reconócelo y comunícalo. No hace falta que sea verbalmente, puedes permitirte ser sutil, pero es conveniente que el mundo sepa lo que quieres. Nadie puede adivinar tus deseos. Actúa. Y hagas lo que hagas no dejes de caminar, avanza, nunca te quedes parado. Mejor no esperes nada de nada ni de nadie, sin expectativas siempre serás sorprendido para bien. Los NOes puede ser SÍes, si te lanzas a tu meta, al hueso, sin anestesia.
Antes de terminar sonando a artículo de frases psicológicas motivadoras baratas vamos a plantear el tema de otra forma.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El estrés es tu amigo

Busca la palabra estrés en Google. Los resultados son tan variados como deprimentes. Hay millones de estudios, de artículos, las revistas no dejan de hablar de ello. Estrés por aquí, estrés por allí... Como mucho porque tengo estrés, como poco porque tengo estrés... Me mato a hacer ejercicio porque tengo estrés, fumo como un carretero porque, es que tengo estrés... El estrés es descrito como la enfermedad del siglo XXI, como emoción negativa, como fuente y causa de múltiples enfermedades físicas como tumores o trastornos digestivos, así como de trastornos psicológicos, siendo ejemplos depresión, ansiedad, anorexia o bulimia.

Demasiado negativismo, como siempre. ¿Qué ha pasado este último siglo con la fama negativa e innecesaria que se le ha dado a la palabra "estrés"? Concepto que por cierto, ni se conocía hace siglo y medio. ¿Por qué ha sido generado ese miedo, esa mala relación, esa evitación a toda costa, de una emoción que no solo generamos voluntariamente (la sociedad capitalista es algo inventado por el ser humano, verdad?) sino que es total y absolutamente natural y forma parte de nuestro amplio repertorio de emociones?

Hace poco pude ver un vídeo que por fin corroboró mis sospechas y ya fundamentadas creencias. Kelly McGonigal, psicóloga americana de la Universidad de Stanford, realizó un estudio que apoya mi crítica a las creencias sobre el estrés (exactamente igual que critico algunas creencias sobre el síndrome de Burnout) y presentó los resultados en una charla que ha sido publicada en la famosa comunidad virtual de TED. A los profesionales de la salud, a las industrias farmacéuticas, a los políticos, a demasiada gente con poder hoy en día, les conviene que se atribuya al estrés un significado alarmantemente negativo. Si existe estrés, aumenta la susceptibilidad de ser manipulado, es un producto, un estado creado en las personas que genera una necesidad que no existía, una necesidad fantasma de ayuda, de demanda de soluciones. Pero esto no es nada novedoso en la sociedad, sucede de hecho con excesiva frecuencia, crearte necesidades que no tienes para luego ofrecerte soluciones.

Así es cada vez mayor el número de personas que buscan esta palabra en el buscador más potente de todos los tiempos, que en mi humilde opinión, no solo es potente sino también injustamente poderoso. El estrés es pues, el enemigo. Ese estado que nunca queremos tener, y que paradójicamente tenemos constantemente.

Es por tanto importante, o al menos considero yo importante, propagar este conocimiento y ponerlo al alcance de todos de forma gratuita, altruista, sin otro objetivo que no sea el de ayudar a vivir un poquito más felices (y menos estresados, claro).

Pues bien, precisamente caer en esa trampa, en esas redes, de vivir evitando el estrés, genera en sí estrés. Es el comunmente llamado "miedo del miedo". Son las creencias que han sido lentamente incorporadas e incluidas en tu sistema natural de creencias, las que te producen ese estado que de forma mantenida y a largo plazo desencadena efectivamente en enfermedades manifiestas.

Es curioso como además aquél que vive relajado y sin estrés, está socialmente visto como "empanado" o vago, desde luego da qué pensar. La vida no tiene por qué ir más deprisa de lo que uno quiere que vaya, no hay prisa, la prisa (me puedo imaginar que la palabra prisa viene o está relacionada con la palabra presión) nos la damos nosotros porque así lo decidimos, porque vida hay de sobra para hacer todas las cosas que queremos hacer.


En mi opinión el estrés es algo así como un amigo que te está avisando de que deberías hacer algo o de que algo no va bien. Una especie de rescatador muy pesado. Y como nos han enseñado que es malo y que es el enemigo, le oímos pero no le escuchamos, pasamos de él, huimos, y entonces sigue molestándonos en el tiempo, insistiendo hasta que le hagamos caso y le escuchemos.

Es por tanto quizás algo más efectivo, cambiar esas creencias y aceptar al estrés, darle la bienvenida y preguntarle por qué ha venido, qué tiene que decirnos. En cuanto notes algunos síntomas físicos o psíquicos (problemas de sueño, apatía, tristeza, frustración, ansiedad, síntomas somáticos como granitos, eccemas, trastornos gastrointestinales entre muchísimos otros muy diversos) pregúntate por qué podrías estar así. Identifica. Prioriza. Actúa. Proponte metas reales y alcanzables. No procrastrines. Dedícate tiempo a tí, a tus hobbies, elige estar solo. Que la soledad no te elija a tí, pues es entonces cuando se deja de disfrutar. Relájate, borra de tu lista aquellas cosas por hacer que realmente no eran tan importantes. Ríete y sonríe, aunque no tengas ganas. Si no consigues algo que te has propuesto, piensa en todo lo que has aprendido durante el camino.

Y sobretodo, sobretodo... Que no te estrese el estrés.

Escúchale, y verás como desaparece...



!Hasta muy pronto!



"Primero no preocuparse por las cosas pequeñas y segundo, recordar que casi todas las cosas en esta vida son pequeñas" (Adam J. Jackson)

"Tanto si piensas que puedes, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto" (Henry Ford)




miércoles, 23 de octubre de 2013

¿Pero no te da vergüenza?

La vergüenza es considerada comunmente una emoción negativa. Lo que para una persona es una situación vergonzosa, para otra no lo es. Una misma persona puede reaccionar vergonzosamente a unas situaciones y a otras no. Es decir, los factores desencadenantes son externos y son muy subjetivos, pues la percepción y evaluación de la situación es completamente individual y varía también culturalmente.

Esta emoción se ha desarrollado ontogenéticamente algo tarde, y es una emoción aprendida. Algunos autores la describen como una emoción social. Podemos observar cómo situaciones que a los adultos les produce muchísima vergüenza, a bebés y niños pequeños no les genera ninguna. Y curiosamente observar la realización de este tipo de situaciones con naturalidad por parte de bebés y niños, provoca risa y activa el buen humor de los adultos. Nada más gracioso que observar a un bebé rojo como un tomate haciendo ruido al apretar para hacer caca o que ver cómo un niño le da besos en la boca a su hermana pequeña sin pudor alguno. Alrededor de los dos años es cuando a través de observaciones, experiencias e instrucciones de los adultos, los niños aprenden las normas y expectativas sociales, adquieriendo así el sentido de la vergüenza.

Un dato curioso de esta emoción es que es exclusiva de los seres humanos. Para que tenga lugar, deben cumplirse ciertos requisitos cognitivos que los animales no son capaces de alcanzar. Y no, cuando regañas a tu perro y agacha la cabeza no está sintiendo vergüenza, las emociones que experimenta serían en este caso miedo y culpa. (este es el ejemplo que ha surgido hoy en una conversación sobre este tema).

La experiencia de la emoción de vergüenza puede ser muy desagradable, tanto, que las personas guardan con enorme facilidad en el recuerdo aquellas situaciones del pasado en las que esta emoción se manifestó de forma muy intensa. Si te paras a pensar, es posible que recuerdes algún evento en el que te sucedió algo y te quisiste "morir" de vergüenza. Los famosos momentos "Tierra trágame" que todos hemos experimentado alguna vez.

Todos conocemos la mítica situación en la que se está viendo tranquilamente la televisión en familia y de repente aparece una escena "subidita de tono", a la que todos miramos casi sin querer y enseguida se toma conciencia de que tus familiares, así como tú, están mirando también. La situación se torna algo incómoda y es en ese momento cuando tu madre reacciona lanzando al aire un comentario sobre el tiempo, sobre si has terminado los deberes o sobre la decadencia de la televisión hoy en día, que en sus tiempos respetaba el horario infantil. Tampoco es infrecuente el ejemplo de aquel que va al baño y vuelve con un trozo de papel higiénico pegado en la suela, enseñando las braguitas porque la falda se ha quedado enganchada o el que come espinacas y se le queda un trozo del tamaño de una moneda de cinco céntimos decorando la paleta o entre los dientes, luciendo éste públicamente al sonreir y convirtiendo el intento de transmitir una simpática sonrisa, en un pérdida automática de la dignidad.

Algún ejemplo te suena, seguro. Y alguno te ha pasado a tí... sabes que sí.

Las funciones de la vergüenza

Después de este pequeño análisis de situaciones vergonzosas cabría pensar: "¿y para qué queremos entonces tener la vergüenza en nuestro repertorio de emociones?". Pero como todos sabéis, la evolución del ser humano no hace nada en vano e igual que el miedo, la ira o la ansiedad, la vergüenza tiene algunas funciones algo más adaptativas que el mero hecho de pasar un mal rato.

Estas funciones, entendidas desde el punto de vista evolutivo, son muy positivas e imprescindibles para una estable y armoniosa vida social. Así pues, la vergüenza sirve como protección de la esfera íntima del ser humano. En la cultura occidental, determinadas partes del cuerpo se relacionan casi exclusivamente con la función sexual y reproductora, convirtiendo éstas en zonas tabú. Es probable que el objetivo de esta "norma implícita" sea proteger al individuo de contactos sexuales no deseados o de la violación del espacio íntimo de la persona.


Por otro lado, el deseo de evitación del sentimiento de vergüenza puede conducir a un aumento de la motivación de logro, posibilitando en consecuencia alcanzar objetivos anteriormente no alcanzables.

A nivel colectivo, podemos decir que la emoción de vergüenza regula nuestra conducta adaptándola a normas sociales y morales aprendidas y no escritas. La aparición de vergüenza nos haría conscientes de cuándo una norma social o moral ha sido infringida, siendo de alguna forma la experiencia desagradable una especie de "castigo natural". Es así responsable del auto-control.


Otra forma de vergüenza también exclusiva del ser humano es la vergüenza ajena (o pena ajena en Latinoamérica) en el que experimentamos una emoción ligeramente menos desagradable y menos intensa, por una conducta ajena a la nuestra que percibimos y evaluamos como "no aceptada socialmente".

Para concluir el texto, podemos añadir que la vergüenza es un subsíntoma de muchas enfermedades y trastornos, como la depresión, ansiedad y trastorno bipolar, siendo muchas veces la observación clínica de esta emoción indicativa de un posible trastorno subyacente.

Parece ser que la vergüenza tiene bastantes más funciones de las que les podías haber atribuido antes de leer este artículo, y que juega un papel fundamental en la adaptación del ser humano a su ambiente, de modo que no te preocupes por aquel día en el que te caíste por las escaleras delante de todo el colegio o te pillaron copiando en un examen... pues la historia perdurará en el recuerdo pero algo valioso aprendiste de ello, te lo aseguro.

y a tí, ¿Qué situaciones te producen o han producido vergüenza en la vida?




¡¡¡HASTA MUY PRONTO!!!




"No sabe tornar a su dueño la vergüenza que se fue" (Séneca)

sábado, 7 de septiembre de 2013

Alexitimia: Cuando no se sabe qué se siente.

¿Habéis oído hablar alguna vez de la alexitimia? La definición es sencilla. Es un trastorno neurológico que impide a la persona identificar sus emociones y consecuentemente le impide expresarlas.
Es una desconexión entre qué se siente y la capacidad para expresarlo.
Una infancia o adolescencia impregnada de inestabilidad emocional parece ser un factor causal bastante sospechoso (todavía no hay suficientes estudios que apoyen esta hipótesis), y ésta se caracteriza por una conducta intensa e impulsiva, por una oscilación extrema entre dos polos opuestos en el estado de ánimo. Picos. Las personas que cumplen este perfil con frecuencia no consiguen adaptarse a su entorno social de manera satisfactoria. Esto pasa factura en diversos campos como en las relaciones sociales, en los hobbys, en el colegio, etc. Por esta respuesta del entorno a la conducta inestable puede ser causado un terrible sufrimiento y esto puede desencadenar consecuencias poco afortunadas, como trastornos afectivos.
El caso de la alexitimia sin embargo es de base neurológica, es decir, los factores ambientales tienen evidentemente cierta influencia, pero la manifestación de este trastorno ya está determinado biológicamente por así decirlo.

No sé decirte qué estoy sintiendo

Según algunos estudios, la alexitimia afecta a un 8% de los hombres y a un 1,5% de mujeres, luego se considera un trastorno mayoritariamente masculino. Es un trastorno bastante frecuente en la población: Afecta a una de cada siete personas. Las personas que la padecen suelen ser tachadas de frías y carentes de empatía

Los alexitímicos siguen una serie de pautas de conductas típicas en su vida cotidiana: muestran dificultades para expresar sus emociones (ponerle a las emociones "etiquetas"), son percibidos por los demás como excesivamente raciones o lógicos, como poco amistosos o sentimentales, reaccionan perplejos ante las expresiones emocionales de los demás y generalmente no saben cómo actuar en casos donde lo normal sería mostrar empatía, apoyo y comprensión. Rara vez tienen fantasías, sus reacciones al arte, a la música o a la literatura es de muy baja intensidad, toman decisiones excesivamente racionales (sin tener en cuenta los sentimientos) y padecen solo ocasionalmente alguna alteración fisiológica para la que no encuentran explicación (esto puede ser una ventaja). Además de eso se ha observado una actitud agresiva en diversos grados hacia su entorno y hacia ellos mismos, ya que al no poder expresar sus sentimientos se sienten con frecuencia inútiles o anhedónicos.

Si esta afección no es tratada adecuadamente, puede derivar en una depresión, en aislamiento social causada por la falta de empatía y de reciprocidad, o en trastornos psicosomáticos. .
Existen algunos casos registrados que han derivado en alcoholismo, drogas y trastornos alimentarios.

Por último cabe decir que es un trastorno del que todavía se sabe relativamente poco pero como comentaba al principio del texto, se sospecha que la causa o mejor dicho el factor ambiental que desencadena este trastorno tiene su máximo de influencia en los primeros años de infancia, luego los padres juegan un papel fundamental en este caso. Cómo eduquen los padres a sus hijos (la enseñanza de hacer introspección o de utilizar un vocabulario "emocional" extenso para describir qué sienten entre otros) es en este caso un arma compensatoria indiscutible.


Y tú, ¿¿tienes claras tus emociones??


¡Hasta muy pronto!



"No olvidemos que las pequeñas emociones son las capitanas de nuestras vidas y las obedecemos sin ni siquiera darnos cuenta" (Vincent van Gogh)

miércoles, 14 de agosto de 2013

¡Gracias por la música!

Casi todo aquello que intenta producir un cambio en nuestro cerebro e introducir en él sensaciones o modular nuestras emociones, lleva consigo una banda sonora. Una película, la radio, un programa de televisión, una clase de yoga y meditación, incluso el camino rutinario hacia nuestro lugar de trabajo.


Si estamos tristes, nos tumbamos en la cama a escuchar música melancólica para canalizar nuestros pensamientos y emociones de tristeza. A algunos incluso les facilita soltar un par de lágrimas, y sin música quizás no podrían. Por otro lado, si estamos activos y llenos de energía, buscamos escuchar música que nos incite a bailar, movernos y potenciar ese estado de alegría. ¿Vamos a salir un viernes por la noche? Ya desde por la tarde nos estamos activando con música apropiada a un volumen considerable para ponernos en "modo fiesta". Pero, ¿por qué tiene la música un poder tan extraordinario sobre nosotros? ¿van nuestras emociones siempre acorde al tipo de música que estamos escuchando o es precisamente al contrario? ¿por qué acudimos a ella como reguladora de emociones y de nuestro estado de ánimo? Nos rendimos ante ella y nos dejamos modificar por ella, como si de un taller se tratase.

Antes que comenzar a contar nada, tengo que justificar brevemente el título de este artículo, pues además de ser una fanática de casi todo tipo de música y de tener la suerte de haber heredado una sensibilidad acústica bastante destacable (aunque en mi caso he dirigido este don más bien a los idiomas; tocar un instrumento por desgracia no sé, aunque nunca digas nunca), creo que muchos de vosotros os sentís también agradecidos. ¿Gracias por qué? Gracias a todos los cantautores, compositores, cantantes, grupos, pianistas, violinistas y una innumerable lista de artistas relacionados con el mundo de la música a lo largo de la historia por haber aportado su creatividad, su don, su sensibilidad y en definitiva su música, que juega un papel tan importante en la vida de las personas. Pues, que alguien me explique qué sería de la humanidad sin bandas sonoras como las de obras de arte como La lista de Schindler o Lo que el viento se llevó. Que alguien me explique qué sentido tendrían las reuniones sociales como bares y discotecas, conciertos, fiestas, cenas o barbacoas sin música "de fondo" que amenicen el ambiente; qué haríamos sin villancicos o sin canciones infantiles. Qué ducha más aburrida si no nos pusiéramos a pegar voces o cómo sería de monótona la limpieza de la casa en silencio absoluto. Qué haríamos sin música clásica o chill para relajarnos o sin rock & roll para descargar nuestras emociones más intensas. Cómo iríamos por las mañanas al trabajo o a la universidad después de una noche de dormir poco y sin música en la radio del coche o en el iPod (o iPhone). El silencio es igualmente necesario por supuesto, pero tras un largo tiempo sin escuchar música, la necesitamos, la buscamos. Si no tenemos oportunidad de escucharla, la cantamos (se nos de bien o mal).

No hay que subestimarla, es tan imprescindible, que su ausencia perjudicaría gravemente nuestra salud.

E igual que su ausencia perjudica, su presencia mejora la salud física (pues algunos tipos incitan a bailar) y mental. Tanto es así, que la música se encuentra incluida en la psicoterapia, utilizada a día de hoy como método terapeútico, recibiendo éste el nombre de musicoterapia.

La práctica está extendida actualmente en todo el mundo, siendo avalado su éxito mediante numerosos estudios y existiendo incluso carreras y postgrados de esta ciencia (el primer país que contó con estos estudios fue Argentina). España ha sido sin embargo uno de los países que se ha mantenido más escéptico o al margen del uso de este método.

¿Qué es la musicoterapia y de dónde surge?

La musicoterapia es el manejo de la música y sus elementos (ritmo, melodía, sonido y armonía) para promover la comunicación, el aprendizaje, las relaciones, la expresión, la organización, un estado de ánimo positivo, el movimiento y otros objetivos variados, para mantener las necesidades físicas, emocionales, sociales y cognitivas satisfechas.
El musicoterapeuta es una persona cualificada que suele trabajar con grupos o a nivel individual. Es importante diferenciar entre musicoterapia y educación musical, teniendo esta última la música como fin último y no como instrumento para tratar enfermedades o trastornos físicos y mentales.

Su origen se remonta a la prehistoria. En los ritos mágicos y de curación de aquel entonces ya se utilizaba música como fondo. Pero esto no lo podemos entender todavía como musicoterapia. Sería entonces más bien en la época de los
egipcios 1.500 a.C., en los papiros encontrados en la ciudad de Kahum en 1889, donde se hace alusión a la música como agente capaz de curar el cuerpo y el alma.
El primer relato sobre aplicación de musicoterapia es un poco después, por el pueblo Hebreo, que utilizaba este método en el tratamiento de problemas físicos y mentales.
Los primeros fundamentos científicos se escribieron en la antigua Grecia, destacando pensadores de la época como Pitágoras, Platón y Aristóteles.
A partir de aquí la música como forma de psicoterapia en enfermedades físicas y mentales ha ido evolucionando a lo largo de la historia (no me voy a detener en ello porque podría escribir diez artículos) y a día de hoy existen estudios que demuestran claramente los beneficios y mejoras tras este tipo de terapia.

El efecto terapéutico de la música

Se ha mostrado a través de innumerables estudios científicos su enorme eficacia en niños con trastorno autista (otro tema muy interesante para un próximo artículo es el efecto terapéutico de los animales de compañía), siendo en éstos hasta hoy su aplicación más frecuente, mejorando notablemente sus habilidades comunicativas.


lunes, 12 de agosto de 2013

¿Puede la meditación causar cambios en el cerebro?

Hasta el día de hoy millones de estudios científicos se dedican a investigar los efectos terapeúticos de la práctica regular de la meditación. El equipo de investigación de Yi-Yuan Tang encontró que tan solo después de cuatro semanas practicando meditación, se producían cambios biológicos en el cerebro.
En el estudio se distribuyeron 113 estudiantes que jamás habían realizado meditación en dos grupos distintos.
Uno de los grupos fue entrenado en mindfulness, centrándose los investigadores en este caso en un entrenamiento de la atención y de relajación corporal.
El otro grupo se centró en simples ejercicios de relajación general.
Los investigadores comprobaron en los participantes tras cuatro semanas si se habían realizado cambios biológicos en el cerebro, encontrando cómo en algunas zonas de la corteza cerebral había habido una clara mejora en el aislamiento de los axones y un aumento de la velocidad de transmisión de la corriente nerviosa.
El córtex prefrontal está estrechamente relacionado con el control de las emociones y percepciones, así como con la resolución de conflictos. Ambas habilidades se mostraron mejoradas. De ahí que los científicos hayan planteado la meditación como medida terapéutica en enfermedades y trastornos en los que estas capacidades se encuentran reducidas: trastorno de hiperactividad con déficit de atención (TDAH), depresiones, trastornos de ansiedad, trastorno de personalidad borderline o esquizofrenia.

Otro estudio realizado por el equipo de investigadores de Fadel Zeidan de la Universidad Wake Forest en Carolina del Norte investigó la relación entre la meditación y la percepción del dolor.
Cada uno de los 15 participantes debía someterse a dolor voluntariamente. Se les colocó una placa de metal a 50ºC en la pierna derecha, que se encendía y se apagaba cada 6 minutos, y los participantes tenían que notificar cuán desagradable y dolorosa resultaba la experiencia. Además de estos datos subjetivos recogidos, se midió objetivamente la actividad cerebral durante el experimento.
Después de esto, se introdujo a los participantes en un curso intensivo de meditación durante 4 días y se les sometió de nuevo a la prueba, indicándoles que debían realizar esta vez meditación durante el contacto con la placa. Durante y después de esta segunda ronda, fueron recogidos los testimonios de sensación subjetiva. Según estos datos, el dolor percibido durante la meditación se redujo en intensidad un 40% y fue un 57% menos desagradable. Estos resultados son comparables a los efectos producidos por antiinflamatorios (AINE) como el paracetamol o el ibuprofeno. Una evidencia más del poder que tiene la mente.

El efecto de la meditación en la percepción del dolor ha podido ser demostrado en muchos otros estudios, pero el equipo de Fadel Zeidan quería además medir la actividad cerebral para descubrir qué zonas cerebrales sufrían cambios y cuáles eran estos cambios. Los resultados mostraron cambios producidos en regiones cerebrales como el Gyrus postcentralis, en la que la actividad cerebral se redujo considerablemente; el Gyrus es una zona relacionada con la percepción del lugar y con la intensidad del dolor. También en otras regiones como el córtex orbitofrontal, relacionada con la evaluación de las sensaciones, pudieron medirse cambios significativos.

Actualmente se utiliza la meditación como instrumento terapéutico como ya he comentado en anteriores artículos, sin embargo no hay que dejar de ser críticos con los estudios científicos distribuídos, como por ejemplo con este último de Fadel Zeidan y cols., en el que la muestra de participantes es demasiado pequeña (15 personas) y no se ha utilizado para en prueba un grupo control.

Con mucha seguridad aparecerán en un futuro próximo más y más completos estudios acerca de este tema que avalen el efecto positivo de la meditación en personas tanto sanas como enfermas, pues los beneficios que tiene sobre salud física y mental no solo pueden leerse por doquier, también pueden experimentarse y conocerlos desde la evidencia.

¡Hasta muy pronto!


"La ciencia y la meditación son los primeros grados de conocimiento y sólo el éxtasis conduce a las verdades eternas" (Charles Lamb)


Bibliografía:
Https://www.psycheplus.de

miércoles, 19 de junio de 2013

"Yo esperaba que supiera lo que yo quería decir"

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¿Dices siempre exactamente lo que quieres?
Vamos a plantear la pregunta de otra forma...
¿SABES siempre exactamente lo que quieres?
¿O esperas que los demás lo sepan?

A qué se está refiriendo esta mujer. Me explico.

Muchas personas parten del hecho de que la persona que está a su lado debe saber lo que quiere o lo que está pensando en cada momento, así como que interprete lo que ha querido decir con un comentario objetivamente ambiguo y de hecho reaccionan ofendidas si esto no se cumple. Que este hecho es imposible parece bastante lógico, ¿verdad?

Me gustaría añadir un pequeño ejemplo para que te des cuenta de que esto que parece tan obvio y estúpido, lo hacemos con más frecuencia de lo que pensamos. Y son taaantos los problemas que podrían ser evitados si consiguiéramos controlar este patrón de pensamiento...

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La semana pasada quedé con una amiga mía que venía de la peluquería con un gesto de cara bastante mustio. Cuando le pregunté qué le pasaba y le comenté lo bonito que le habían dejado el pelo (y no era una mentira de cortesía, le quedaba fenomenal), me respondió que podía ser, pero que así no era como ella lo quería.
"¿Ah no? ¿Y cómo lo querías?" fue mi siguiente pregunta. "Pues por los lados un poco más corto, a capas, sin tanto flequillo y por esta parte así con un poco más volumen".
"Y le has dicho a la peluquera exactamente cómo lo querías?" "Claro que se lo he dicho!" "Le has explicado exactamente cómo tú querías tu peinado como me lo acabas de explicar a mí?" (yo sé por qué le estaba insistiendo tanto, conozco a mi amiga). "Claro, pero vamos, que es peluquera, tiene que saber lo que el cliente quiere, es su trabajo, sino que se dedique a otra cosa".